Cómo decir que no en el trabajo sin quedar mal
Muchos profesionales pierden horas por no saber decir que no. Una anécdota de mis años en Google y una idea para empezar hoy.
En 2010 yo trabajaba en Google y estaba en la oficina de Francia. Estaba en el despacho vacío de un director cuando él apareció, con cara de preocupación. Le pregunté, con toda la naturalidad del mundo: «¿Puedo quedarme aquí trabajando?».
Me contestó sin pestañear: «No, lo siento. Necesito estar solo».
Me quedé descolocado. Hasta me sentí un poco culpable, pensando que había sido brusco. Con los años, esa respuesta se me ha quedado como un modelo de claridad: no se justificó ni me dio un discurso. Dijo que no, dijo por qué en cuatro palabras y punto.
Por qué nos cuesta tanto
Lo veo en muchos cursos. Las quejas se parecen siempre: «Pierdo mucho tiempo con las interrupciones», «Me piden cosas que deberían hacer otros».
Y el motivo casi siempre es el mismo: miedo a parecer poco colaborativo. Así que decimos que sí, nos llenamos la agenda y acabamos haciendo el trabajo de otros a costa del nuestro.
Un no claro suele sentar mejor de lo que crees
La idea que me llevo de aquella escena es muy sencilla: un no breve y educado se agradece más que un sí que luego no se cumple. Quien recibe mi no sabe a qué atenerse y puede buscar otra solución enseguida. Quien recibe un sí a medias se entera tarde, y casi siempre se enfada más.
Antes de contestar «sí, claro» a tu próxima petición, párate un segundo y pregúntate si de verdad puedes. Si la respuesta es no, dilo. Corto, con educación y sin discurso.
En mis formaciones
Hay maneras de decir que no que no suenan a rechazo y que dejan al otro con una salida. Las trabajamos con las peticiones reales que recibe cada equipo, las que llenan la agenda y que nadie se atreve a frenar.
Esto lo entrenamos en nuestro curso de productividad y en Habla para que te escuchen. Si te interesa, cuéntame tu reto.









